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La cara oscura del deporte

En la vida y el deporte, el miedo y el amor suelen ser inseparables, pero también lo son el miedo y el odio. El amor se une al miedo porque el amor siempre produce miedo; el odio se une al miedo porque es una respuesta automática a el, y porque el miedo humilla. El odio oscurece el corazón, destruye la autoestima, y daña al que odia. El odio es una respuesta a una herida emocional que en el deporte de competición oculta la admiración de alguien que ha intentado ser como la otra persona, pero no pudo.

El odio se caracteriza por sentimientos de impotencia, antipatía, disgusto, o aversión hacia una persona, cosa, o fenómeno. El odio dirigido hacia otro deportista es la venganza de una persona envidiosa y arrogante. La envidia y el odio van unidos, y se fortalecen recíprocamente por perseguir el mismo objetivo … la destrucción del otro. Con el tiempo, el odio se convierte en resentimiento, un poderoso y persistente sentimiento de ira y rencor que surge de abusos de confianza, engaños, ofensas, desprecios, y aunque parezca mentira, también de admiración. El resentido es un especialista en mantener y cultivar la ira, negar los nobles sentimientos, y fomentar prejuicios negativos y obsesivos que lo encadenan al proceso.

El resentimiento nace de una expectativa frustrada, donde el resentido se siente injustamente pagado. Todo resentimiento va precedido de una ofensa real, construida, o imaginada. Lo único que el resentido desea hacer es responder a tal ofensa y vengarse para que el otro padezca su dolor. Lo primero que hace el resentido es procurar que se sienta mal retirando lo más importante que está dando: su reconocimiento, su afecto, y su amor. Luego sabotea la interrelación, y lo hace aplicando un baremo injusto para juzgar lo que el otro hizo o dejo de hacer. La relación degenera, y comienza a ser cada vez más intransigente y menos benévolo con el otro. Cosas de la otra persona que antes no le molestaban ahora las encuentra insoportables, incluso su presencia. El resentido extrapola su venganza al pasado, presente, y futuro, encontrando cada vez más elementos negativos para justificar sus argumentos. A estas alturas, al deportista resentido se le ha oscurecido el corazón y se ha convertido en un formidable enemigo que implementa dos actitudes de castigo: desprecio e indiferencia.

Generalmente el deportista resentido pretende que el otro reconozca su error y presente sus disculpas, pero el otro quizás ni siquiera sabe de que ofensa se trata. Como el resentido siempre calla por miedo, el silencioso desprecio del resentido representa un enojo no expresado que reprime una y otra vez,  y lo hace por temor a las consecuencias, o por su incapacidad de enfrentarse a la otra persona como un adulto con recursos. En consecuencia su comportamiento es el de un juez parcial, infantil, y manipulador, y con el tiempo se convierte en policía, juez, carcelero, y verdugo al mismo tiempo. 

Tanto el odio como el resentimiento expresan la necesidad de decir algo u obtener un reconocimiento de otra persona que jamás se ha logrado. De ahí que las primeras preguntas que suelo realizar a los deportistas sean: ¿que aprecio o reconocimiento mereció y no recibió?; ¿por parte de quien?; ¿quién tuvo la culpa?; y ¿como influyó ese hecho sobre su vida y usted? Ocasionalmente, todos nos planteamos este tipo de preguntas, pero cuando se convierten en obsesivas indican que aun no hemos llegado a un acuerdo con nosotros mismos. A continuación enumero seis consejos al respecto.

Primero, hay que conocer mejor a la otra persona, hablar claramente con el o ella, y contarle como se siente uno. Segundo, hay que saber aceptar la imperfección que caracteriza al ser humano. Tercero, no hay que ser policía, juez, carcelero, o verdugo. Cuarto, hay que aceptar que todo cambia y que la otra persona quizá haya cambiado, que ya no es la misma que provoco la herida. Quinto, hay que aprender a dejar que la vida fluya naturalmente, y a dejar ir - la vida no es ni jamás fue justa. A veces es difícil encontrarle el lado positivo, pero hay que intentarlo, sabiendo que en ocasiones lo mejor es no intentar arreglar algo que no tiene arreglo. Séptimo, sólo nosotros poseemos la potestad para otorgar o revocar poderes a los demás sobre nosotros. Al individuo odioso y resentido hay que revocarle todos los derechos y poderes que les hemos otorgado, y recordar que jamás ganará al menos que se le devuelva el odio.

Para caer en el odio y el resentimiento es imprescindible poseer una personalidad alterada previa que haga factible mantener un comportamiento odioso y obsesivamente vengativo que se extiende indefinidamente en el tiempo. Toda su actividad se enfoca sobre esa única emoción, dejando de vivir su propia vida, dejando de tener entidad propia, y dejando de ser una persona real que vive en un mundo real. Para tales deportistas, dejan de existir los compañeros y oponentes que están a su alrededor. Solo sirven como actores secundarios en una obra de teatro donde todos los focos de luz convergen en la persona odiada, dejando en la oscuridad a todos los demás.  

Los textos espirituales más antiguos y transcendentes afirman que las raíces de la cabeza están en el corazón; que lo contrario al amor es el miedo y la indiferencia; y que el verdadero amor es la ausencia de miedo e indiferencia. Al amar existe un sentimiento de unión, al odiar existe unión a través del odio, pero al sentir miedo y ser indiferente, la unión desaparece. 

El temor y la fragilidad psicológica del deportista resentido lo lleva a alzar muros defensivos que lo alienan en su interior, paradójicamente, porque teme al amor. El amor, libre de miedo, siempre encuentra una manera de restaurar el nexo perdido; el miedo, colmado de odio e indiferencia, siempre encuentra excusas para que el nexo no se restaure.

Estamos ante la cara oscura del corazón, donde residen el temor y la indefensión – emociones que no han sido debidamente examinadas y/o comprendidas – y que han señalado con odio y resentimiento a otro deportista.

Todo lo demás, está en negro.

 

Etiquetas: Wellness, Guillermo Laich, Medicina, Salud

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