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El aplauso silencioso

La historia de la humanidad esta llena de competiciones atléticas celebradas en las antiguas y tan fecundas reuniones de hombres libres. Tales competiciones tuvieron la virtud de transmitir a las generaciones futuras un recuerdo imperecedero de sus hazañas. De esta forma se estrechaban, por medio de reuniones y encuentros frecuentes, los nobles lazos que unen a los pueblos civilizados.

En la actualidad este valioso concepto sigue en vigencia, pero solo en parte, debido a que el deporte se ha ido transformando, para muchos, no en un fin sino en un medio. De esta forma el deporte ha conseguido carta de naturaleza como elemento imprescindible dentro de la geopolitica del mundo actual.

Hemos de alegrarnos si el deporte consigue convertirse en una fuerza unitaria y aglutinante de carácter absoluta, y no en un elemento de constante discordia. El Comité Olímpico Internacional conjuga mas naciones que la ONU, y el deporte, como avanzada de nuestra cultura actual, se expande y va ganando terreno incluso en los países menos desarrollados.

Lamentablemente para muchos, con frecuencia se tiende a confundir la simple y llana practica el deporte con la competición. No tiene nada que ver el uno con la otra. Una cosa es el espectáculo de amateurs o profesionales, que es la suma y clave de una elite minoritaria, y otra cosa es el deporte como expresión  de una forma personal de entender la vida.

Es precisamente este ultimo aspecto del deporte el que verdaderamente interesa difundir, y el que merece, cada vez mas insistentemente, la atención y colaboración de todos. Me estoy refiriendo al deporte como una forma de vida.

Recordemos que todo éxito o triunfo deportivo casi siempre conlleva podios, medallas, trofeos, alguna que otra palmada en la espalda, y aplausos … si muchos aplausos. Recordemos también lo efímero de la situación ya que entre una palmada en la espalda y una patada en el trasero a menudo solo existir pocos centímetros. Lo misma y veloz diferencia sucede entre un respetuoso aplauso y un irrespetuoso y abucheo.

No es preciso remontarse al viejo espíritu helénico para llegar a la conclusión de que el deporte no solo es un medio de recreo y diversión, sino además una formula vital en el equilibrio del cuerpo y del alma. Un vehiculo, hasta ahora, inigualado para promover la salud y facilitar las excelentes relaciones entre las personas, y dentro del cual ocupan un sitio preferente la lealtad, la integridad, la nobleza, y el honor.

Si bien la elite deportiva es la primera ola del deporte, la que rompe con la gran marejada de la atracción el interés y la popularidad, no hay que olvidar que se trata de un espejo brillante y colorido – a modo de un caleidoscopio. Ese espejo o caleidoscopio no cuenta toda la verdad. En efecto ofrece una visión distorsionada respecto a la realidad del deporte.

El deporte va mucho mas allá de las competiciones de alto nivel, de las manifestaciones clamorosas de un determinado éxito, y de los programas televisivos, los periódicos, o las taquillas de los estadios. En realidad el deporte va en dirección a los senderos y las cumbres del intelecto y del alma humana, donde el silencioso aplauso del propio deportista – por el y para el - constituye el único y autentico valor con relevancia personal.

El deporte no solo consiste en sentarse y ver a los demás competir. En realidad consiste en ir y hacer, o sea practicarlo tanto por los beneficios fisiológicos y psicológicos que proporciona como por los elementos sociales y morales que encierra.

Para muchos deportistas de alta competición – cuyas personalidades sufren graves distorsiones a manos del endiosamiento y el exceso de popularidad - la necesidad, búsqueda, y verdadera obsesión por la aprobación y el aplauso ajeno a menudo se convierte en un todo absoluto. Es en ese momento cuando el acto deportivo se transforma en un acto sobre el cual descansa una falsa e ilusa sensación de valor. Tales atletas y deportistas, después de su ruidosa y colorida vida competitiva, suelen experimentar dificultades de convivencia y adaptación a una vida normal

El deportista de elite, que ha sido y ya no es, debe saber adatarse a tales cambios creando su propio aplauso interno y silencioso, especialmente cuando ya nadie lo aplaude como antes. Me refiero a un aplauso muy particular donde la derrota o la victoria – “esos dos grandes impostores” – como decía el escritor y poeta británico Rudyard Kipling (1865-1936), no cuenten como principio ni como fin, sino como lo que en realidad son, meros y pasajeros incidentes de la vida , y donde el que gana enseña y el que pierde aprende.

Habiendo sido campeón mundial de un deporte altamente competitivo como el béisbol en los EE.UU., comprendo perfectamente el valor, el sentido, y la dirección de estas palabras. También comprendo ese tan especial, humilde, y profundo aplauso silencioso que aun genero y siento en mi interior. En realidad permanece campeón mundial o campeón olímpico toda la vida, esencialmente porque en un momento determinado de su vida ha sido el mejor. La memoria de semejante esfuerzo y conquista representa un paraíso del cual uno jamás puede ser expelido. De ahí que lo que tiene precio se compra con dinero, y lo que tiene valor se conquista con esfuerzo.

El deporte simplemente por el deporte, tanto personal como no competitivo y/o post-competitivo, representa una filosofía de vida que compete a todos cuantos sentimos la responsabilidad de crear un mundo mejor.

 

 

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