La percepción del riesgo suele construirse sobre aquello que se considera más probable, relegando a un segundo plano lo que, aun siendo menos frecuente, sigue siendo posible. Este enfoque reduce artificialmente el campo de atención y condiciona el diseño de medidas de prevención y protección que resultan insuficientes frente a escenarios reales, generando una falsa sensación de control que solo se mantiene mientras la realidad se comporta dentro de lo esperado. En la práctica cotidiana de la gestión, tanto en el ámbito deportivo como en otros contextos organizativos, se observa una tendencia persistente a simplificar el riesgo hasta hacerlo manejable, casi doméstico, centrando la atención en lo que suele ocurrir, planificando para lo habitual y protegiendo frente a lo frecuente.
Este mecanismo, comprensible desde una lógica operativa, introduce sin embargo una distorsión relevante, ya que deja fuera del análisis aquello que no ocurre a menudo pero que puede ocurrir y que, cuando lo hace, irrumpe sin avisar y con consecuencias que suelen desbordar las previsiones iniciales.
Esta forma de percibir el riesgo no es fruto de la ignorancia, sino de una economía cognitiva que prioriza lo cercano, lo repetido y lo visible; sin embargo, en entornos donde la seguridad depende de anticipar escenarios, esa simplificación se convierte en una debilidad estructural, porque el problema no está en considerar la probabilidad, sino en convertirla en el único criterio de decisión.
El riesgo, entendido como la combinación entre la probabilidad de que ocurra un evento y la gravedad de sus consecuencias, no puede reducirse a una frecuencia esperada, ya que la fórmula clásica que lo expresa pierde su sentido cuando uno de sus términos se ignora o se minimiza sistemáticamente. No todo lo improbable es irrelevante, y de hecho algunos de los eventos más críticos en términos de seguridad se sitúan precisamente en ese espacio de baja probabilidad y alto impacto, donde la ausencia de preparación no se percibe hasta que el daño ya se ha producido.
Un ejemplo claro se encuentra en la gestión de emergencias en instalaciones deportivas, donde la planificación suele centrarse en incidencias habituales como caídas, lesiones leves o pequeños conflictos entre usuarios, formándose a los equipos para responder con eficacia a estos eventos y diseñándose protocolos ágiles que funcionan correctamente dentro de ese marco de normalidad. Sin embargo, cuando se analiza la preparación frente a incendios, evacuaciones complejas o fallos estructurales, la situación cambia, ya que estos escenarios, aunque menos frecuentes, presentan un impacto potencial mucho mayor y evidencian carencias como la ausencia de simulacros reales, la señalización deficiente o la falta de coordinación con servicios externos.
Los datos disponibles refuerzan esta idea, mostrando que una parte significativa de los accidentes graves no responde a fallos en la gestión de riesgos habituales, sino a la falta de previsión de situaciones excepcionales, lo que resulta especialmente evidente en el ámbito de las emergencias, donde numerosos informes técnicos sobre incendios en espacios cerrados coinciden en señalar que los problemas más críticos no derivan del inicio del fuego, sino de la evacuación tardía o desorganizada, poniendo de manifiesto una planificación centrada en lo probable y no en lo posible.
Este mismo patrón se observa en otros contextos, como puso de relieve el apagón eléctrico ocurrido en España en 2021, que evidenció cómo sistemas considerados robustos pueden fallar de forma simultánea y generar efectos en cascada, en un escenario que no era el más esperado pero tampoco era imposible, y cuya diferencia radica precisamente en haber sido o no contemplado previamente en el análisis del riesgo.
En el ámbito deportivo, la organización de eventos ofrece ejemplos igualmente ilustrativos, ya que un torneo local puede desarrollarse durante años sin incidentes relevantes, generando una percepción del riesgo ajustada a esa experiencia acumulada que se traduce en accesos sin control riguroso, planes de autoprotección meramente formales o una coordinación limitada con servicios sanitarios. Todo parece suficiente hasta que un episodio puntual, como una avalancha en un acceso, una emergencia médica grave o un fenómeno meteorológico adverso, rompe esa normalidad y pone de manifiesto que la organización había preparado con solvencia lo frecuente, pero no lo necesario.
Un caso especialmente ilustrativo de esta forma de entender el riesgo se encuentra en la seguridad de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde la planificación no se apoyó únicamente en lo más probable, sino en aquello que, siendo menos frecuente, resultaba posible y potencialmente crítico. La organización asumió un contexto marcado por amenazas complejas, entre ellas el riesgo de atentado terrorista, y optó por un enfoque preventivo amplio que fue objeto de críticas por considerarse sobredimensionado en medios y medidas, si bien esa aparente desproporción respondía precisamente a una lógica distinta basada en preparar el sistema para escenarios posibles y no solo probables. En este sentido, el profesor Barrie Houlihan, profesor de política deportiva en la Universidad Loughborough, en el condado de Leicestershire (Inglaterra), sintetizó con acierto este enfoque al señalar que la seguridad de Londres 2012 fue diseñada para enfrentar lo posible, no lo probable, una idea que explica en gran medida el éxito operativo del evento.
El desajuste entre riesgo percibido y riesgo real tiene consecuencias directas en la adopción de medidas, ya que cuando el análisis se limita a lo probable, las decisiones se dimensionan en consecuencia, reduciendo recursos, exigencia técnica e inversión en formación, lo que da lugar a sistemas que funcionan correctamente dentro de un margen estrecho pero que resultan insuficientes cuando se produce un evento fuera de ese marco.
Frente a este enfoque, la gestión de riesgos más avanzada propone integrar la posibilidad como criterio operativo, no con el objetivo de anticipar todo, lo cual sería inviable, sino de identificar aquellos escenarios que, aun siendo poco frecuentes, tienen capacidad de generar daños significativos. Este cambio de perspectiva no implica sobredimensionar los sistemas, sino equilibrarlos, introduciendo una lógica distinta que obliga a preguntarse no solo qué es lo más probable, sino qué es lo más crítico si llegara a ocurrir.
En este contexto, la cultura de seguridad adquiere un papel determinante, ya que no basta con disponer de normas o protocolos, sino que es necesario que la organización comprenda el riesgo en toda su amplitud y lo incorpore a su forma de actuar, lo que se traduce en prácticas concretas como la realización de simulacros realistas, el análisis de escenarios extremos, la revisión periódica de los planes o la formación orientada a la toma de decisiones en situaciones no rutinarias, medidas que pueden parecer excesivas desde la experiencia diaria pero que resultan esenciales cuando se observa el sistema en su conjunto.
La reducción del riesgo a su dimensión más probable introduce, en definitiva, una falsa sensación de control, ya que el sistema funciona mientras la realidad se ajusta a lo esperado, pero muestra sus carencias de forma abrupta cuando deja de hacerlo. La seguridad no puede apoyarse únicamente en la frecuencia de los eventos, porque su verdadero desafío se encuentra en aquellos que escapan a esa frecuencia.
Incorporar la posibilidad en la percepción del riesgo no significa trabajar desde el miedo, sino desde la responsabilidad, lo que implica reconocer que la realidad es más amplia que la experiencia acumulada y que la prevención eficaz exige mirar también hacia aquello que rara vez ocurre, pero que puede ocurrir en cualquier momento.
La diferencia entre un sistema que resiste y uno que colapsa no suele estar en cómo responde a lo habitual, sino en cómo afronta lo inesperado, porque es ahí donde se mide la verdadera calidad de la gestión del riesgo. ¿Estamos diseñando la seguridad para lo probable… o para lo posible?
Jose Luis Gomez Calvo
Senior Security and Safety Advisor. Analista de riesgos. Experto en Gestión de la Seguridad en el ámbito deportivo. Experto en seguridad patrimonial.
6 de abril de 2026



