Una investigación de la Universidad Estatal de Arizona ha identificado una asociación entre la práctica de yoga y pilates y un menor riesgo de mortalidad, en comparación con otras modalidades de salud complementaria analizadas. El estudio examinó 21 prácticas y encontró que únicamente estas dos presentaban una relación estadísticamente significativa con una menor mortalidad tras los ajustes realizados. Sus resultados refuerzan el interés por las actividades dirigidas que combinan movimiento, fuerza, equilibrio y bienestar, aunque los investigadores advierten de que no permiten demostrar una relación causal.
El equipo de la Universidad Estatal de Arizona analizó información representativa de más de 55.000 adultos estadounidenses, vinculada con registros de mortalidad durante aproximadamente una década. Entre las 21 prácticas complementarias y alternativas estudiadas, yoga y pilates fueron las únicas asociadas con una reducción estadísticamente significativa del riesgo de muerte.
En concreto, la práctica de yoga se relacionó con un riesgo de mortalidad un 27 % inferior y la de pilates con un riesgo un 36 % inferior. Estas cifras describen asociaciones observadas en el análisis; no significan que comenzar a practicar cualquiera de las dos disciplinas produzca automáticamente esos porcentajes de reducción.
Los investigadores tuvieron en cuenta diversas variables que podían influir en los resultados, entre ellas ingresos, nivel educativo, actividad física, tabaquismo, índice de masa corporal y estado de salud declarado por los participantes. Sin embargo, reconocen que pueden existir factores no medidos, como diferencias en el acceso a la atención sanitaria, predisposiciones genéticas o hábitos generales de vida.
Connor Sheehan, profesor asociado de la universidad y coautor de la investigación, destacó que ambas disciplinas son formas de actividad física y que, además del movimiento, incorporan componentes como el trabajo de equilibrio, la respiración y la reducción del estrés. También señaló el posible valor de la dimensión social cuando se practican en clases colectivas.
El equipo insiste en que los datos no permiten concluir que el yoga o el pilates sean responsables directos de una mayor supervivencia. Es posible que quienes los practican tengan, de partida, estilos de vida más saludables o mejores condiciones para mantener una actividad regular.
Para los gimnasios, el trabajo aporta un argumento de interés para analizar el papel de las clases de yoga y pilates dentro de una oferta orientada al bienestar y a la longevidad. No obstante, la comunicación comercial de estos servicios debe evitar prometer una prolongación de la vida o presentar las asociaciones del estudio como beneficios causales demostrados.
Una precisión sobre la actualidad: Athletech News publicó su noticia el 21 de octubre de 2026, pero la Universidad Estatal de Arizona había difundido los resultados el 4 de septiembre de 2026. Por tanto, la novedad de octubre corresponde a la cobertura periodística, no a la publicación inicial del estudio.
El hallazgo debe interpretarse dentro del diseño del estudio. Los investigadores utilizaron información de adultos estadounidenses y la relacionaron con registros posteriores de mortalidad. Este enfoque permite identificar asociaciones en una población amplia, pero no equivale a un ensayo en el que los participantes hayan sido asignados al azar a practicar yoga, pilates u otra actividad. Por ello, la comparación no permite establecer que una disciplina sea la causa de la diferencia observada.
La investigación no se centró exclusivamente en estas dos modalidades. Su interés radica también en que evaluó 21 prácticas complementarias y alternativas bajo un mismo planteamiento analítico. Tras introducir los ajustes estadísticos, yoga y pilates fueron las únicas que mantuvieron una asociación significativa con menor mortalidad. Esa distinción no autoriza a concluir que las otras prácticas carezcan de beneficios: el resultado se refiere a la asociación concreta estudiada y a los datos disponibles.
Los porcentajes difundidos necesitan una explicación cuidadosa. Una reducción relativa del riesgo del 27 % o del 36 % no significa que ese porcentaje de participantes haya evitado fallecer ni que cada persona obtenga ese beneficio al apuntarse a una clase. Tampoco permite calcular cuánto tiempo adicional viviría un practicante. Las cifras comparan riesgos estimados entre grupos en el análisis realizado por los investigadores.
La presencia de ajustes por variables socioeconómicas, hábitos y estado de salud fortalece el análisis frente a una comparación sin controles, pero no elimina todas las diferencias posibles entre los grupos. Las personas que eligen y mantienen una práctica pueden diferir de otras en aspectos difíciles de medir, como su acceso a recursos, sus rutinas de descanso, su continuidad en la actividad o su relación con la prevención sanitaria.
Los propios autores han señalado mecanismos plausibles que podrían contribuir a explicar la asociación. Yoga y pilates combinan movimiento corporal con trabajo de equilibrio y control, y pueden incluir componentes de respiración, atención y participación social. Son hipótesis compatibles con los resultados, no mecanismos causales demostrados por esta investigación. Para atribuir efectos concretos sería necesario contar con evidencia adicional.
En el contexto de los gimnasios, el estudio llega en un momento en el que la longevidad se utiliza cada vez más como argumento para organizar la oferta de servicios. Las clases de yoga y pilates ya forman parte de la programación de numerosos centros y pueden atraer a perfiles con motivaciones distintas: movilidad, fuerza, bienestar o continuidad en la práctica. La investigación aporta un elemento para la conversación, pero no sustituye a la evaluación individual de necesidades.
Para un gestor, una lectura responsable consiste en separar tres niveles de información: los resultados observados por los investigadores, las explicaciones posibles y las decisiones comerciales. El primer nivel está sustentado por el análisis publicado; el segundo requiere cautela; el tercero depende de factores propios de cada centro, como demanda, cualificación del equipo, horarios y capacidad de retención de los participantes.
La comunicación de las actividades también importa. Presentar una clase como una oportunidad para moverse,
trabajar capacidades físicas y mantener hábitos puede ser compatible con la evidencia general sobre ejercicio. Afirmar que practicar pilates reduce de forma garantizada la mortalidad un 36 %, en cambio, transformaría una asociación poblacional en una promesa individual que el estudio no demuestra.
Conviene además no convertir la comparación con otras prácticas en una clasificación absoluta de actividades. Que solo dos de las 21 opciones examinadas hayan mostrado asociaciones estadísticamente significativas no establece que sean las mejores para cualquier edad, condición física u objetivo. La selección de una actividad depende de preferencias, accesibilidad, continuidad y, cuando proceda, orientación profesional.
La diferencia entre la fecha de difusión universitaria, en septiembre, y la publicación de Athletech News, en octubre, es relevante para valorar su actualidad periodística. El trabajo no nació esta semana, aunque su recuperación por un medio internacional ofrece una oportunidad para explicar los resultados al sector español. El valor editorial estará en una interpretación rigurosa y útil para los responsables de centros, no en presentarlo como un descubrimiento producido el 21 de octubre.
Fuente universitaria: https://news.asu.edu/20260904-health-and-medicine-asu-researchers-find-yoga-and-pilates-associated-longer-lifespans.



