El ejercicio físico es mucho más que una herramienta para mejorar la condición física: su práctica regular puede desempeñar un papel relevante en la prevención de determinadas enfermedades. En el caso de los cánceres ginecológicos, la evidencia científica apunta a una relación especialmente significativa entre la actividad física, la reducción del sedentarismo y un menor riesgo de cáncer de endometrio. Este artículo analiza qué sabemos hasta ahora, cuáles son los mecanismos que podrían explicar este efecto protector y qué papel pueden desempeñar los profesionales del ejercicio en la promoción de estilos de vida más activos entre las mujeres.
El cáncer es una de las principales causas de muerte de las mujeres en países de ingresos medio-alto (Torre et al., 2017), debido en gran medida a cánceres que afectan principalmente o de manera exclusiva a las mujeres como son el de mama y los cánceres ginecológicos (CG) (Guida et al., 2022).
En 2022, el Observatorio Mundial de Cáncer estimó cerca de 1.47 millones de nuevos casos de CG y 680372 muertes, proyectando un aumento de casos de hasta un 50% para el año 2050 (Zhu et al., 2024).
Según la zona del cuerpo donde se desarrolle, los CG se clasifican a grandes rasgos en 8 categorías: ovárico, cervical, endometrial, vulvar, vaginal, tubárico, tumores müllerianos mixtos y tumores trofoblásticos
gestacionales (Zhang et al., 2020). De entre ellos, los más prevalentes son el cáncer de endometrio, el cáncer de ovario y el cáncer de cuello de útero, representando el 95% de los casos en el año 2022 (Bray et al., 2024).
Aunque cada tumor tiene casusas específicas (genética, enfermedades de transmisión sexual, menarquia, posmenopausia, uso de anticonceptivos hormonales, etc.), la obesidad y el IMC elevado se presentan como factores conductuales de riesgo común y modificables para todos ellos (Lauby-Secretan et al., 2016; Makker et al., 2021; Sun et al., 2024).
A esta realidad hay que comentar que el sedentarismo (cualquier actividad en vigilia con un gasto energético ≤1.5 METs), aspecto conductual que afecta directamente sobre los factores antes comentados, incide en la prevalencia y gravedad de la aparición de CG (Schmid & Leitzmann, 2014; World Health Organization, 2020). Más concretamente, se ha visto que, por cada 2 horas extra de sedentarismo total al día, el riesgo de cáncer de endometrio sube un 5% y si esas 2 horas son viendo la televisión el riesgo aumenta hasta un 7% (Yuan et al., 2023).
Este hecho parece darse en gran medida por la vía de la adiposidad y la consiguiente desregulación hormonal y metabólica (Arem et al., 2011). Más concretamente, el sedentarismo prolongado parece inactivar la enzima Lipoproteína Lipasa (LPL), lo cual bloquea la utilización de grasas y azúcares por parte del tejido muscular, derivándolos a la creación de grasa visceral profunda lo que lleva a una serie de procesos que pueden predisponer al desarrollo tumoral, como son (Yuan et al., 2023):
- Vía hormonal: una mayor aromatización celular (exceso de estrógenos libres que atacan el tejido endometrial).
- Vía metabólica: resistencia a la insulina e hiperinsulinemia, elevando el IGF-1 (factor mitogénico que acelera la división celular anormal).
- Vía inflamatoria: inflamación crónica sistémica (elevación constante de IL-6, TNF-α y PCR).
Todo ello nos lleva, como profesionales del ejercicio físico, a preocuparnos por cómo podemos ayudar a prevenir esta realidad desde el movimiento y la actividad física.
La Actividad Física (AF = ejercicio físico estructurado + gasto energético no estructurado) se presenta como una herramienta que parece eficaz para mitigar el riesgo de cánceres hormonodependientes mediante la disminución del tejido adiposo, reduciendo así la actividad de la aromatasa y los niveles de estrógenos circulantes. También mejora la sensibilidad a la insulina y reduce la inflamación sistémica (Hojman et al., 2018; Neilson et al., 2014; Rock et al., 2020).
En 2025, Cao et al. publicaron un trabajo en el que analizaron la relación evidenciada entren la práctica de AF y el riesgo de padecer CG.
Los resultados principales confirmaron que niveles altos de AF se asocia firmemente con una reducción de hasta un 18% del riesgo de padecer cáncer de endometrio. Esta realidad valida las pautas internacionales del ACSM y la OMS de acumular entre 7,5 y 15 MET-horas/semana (2.5 a 5 horas semanales de AF moderada) (Cao et al., 2025).
Sin embargo, los resultados obtenidos no lograron confirmar lo mismo para el cáncer de ovario y de cuello de útero, al no aportar datos consistentes.
Con respecto al primero, aunque de manera incierta, los datos indican que la realización de AF no parece reducir de forma general el riesgo de cáncer de ovario. Sin embargo, este hecho hay que analizarlo con cautela. En primer lugar, parece explicarse parcialmente esta nula relación debido a que el cáncer de ovario es altamente heterogéneo (múltiples subtipos histológicos), lo que hace complicado el obtener datos concretos ya que es limitado el número de trabajos que hagan este análisis sobre los diferentes tipos de cáncer de ovario. Por otro lado, este cáncer está fuertemente condicionado por factores genéticos no modificables (principalmente las mutaciones BRCA1/BRCA2 en el 10-20% de los casos graves) que eclipsan cualquier beneficio de la AF (Cao et al., 2025).
Con respecto al cáncer cervical, la evidencia disponible es escasa y heterogénea por lo que no se pueden sacar conclusiones (Cao et al., 2025).
Los mecanismos por los cuales la actividad física parece ejercer efecto anticáncer son varios (Cao et al., 2025):
- Miocinas: liberación de irisina, IL-6 e IL-15 por contracción muscular que inducen apoptosis y frenan la angiogénesis tumoral.
- Vías de proliferación: Regulación negativa de la vía hipertrófica/tumoral PI3K/Akt/mTOR.
- Inmunología celular: Reclutamiento y aumento de la citotoxicidad de células Natural Killer (NK) y linfocitos T encargados de la inmunovigilancia.
- Estrés celular: Reducción del estrés oxidativo y optimización de los mecanismos reparadores del ADN.
- Control del % de adiposidad: la AF puede influir en el riesgo de cáncer tanto directamente (ej. a través de vías hormonales o inmunes) como indirectamente, a través de su efecto sobre la adiposidad, el control del peso puede mediar parcialmente la asociación protectora entre la AF y el riesgo de CG.
Como agentes de salud, estos datos evidencian que, como educadores físico deportivos, tenemos que preocuparnos, no solo por la prescripción de ejercicio físico estructurado y dosificado, sino también de fomentar un aumento de AF diaria entre las mujeres a las que entrenamos, ya que ésta no es solo una herramienta de rendimiento o estética, sino también un modulador biológico sistémico.
Más concretamente, debemos fomentar estilos de vida que permitan a nuestras entrenadas cumplir con las recomendaciones internacional de AF, es decir, acumular más de 15 MET-horas/semana, lo que equivale a más de 300 minutos de AF moderada a la semana.
También debemos intentar reducir de manera específica el tiempo sedentario prolongado, tanto en el hogar como en el trabajo. Una opción para ello puede ser la prescripción de interrupciones activas obligatorias (ejemplo: levantarse cada 50 minutos para realizar 2 minutos de caminata ligera, movilidad o contracciones isométricas de baja intensidad), lo que podríamos llamas “breaks sedentarios”. Con ello podríamos encender mecánicamente la LPL muscular, restaurar la sensibilidad a la insulina periférica y romper la cascada proinflamatoria que culmina en el estímulo oncogénico del endometrio.
Con todo lo plasmado, podemos decir que nuestra labor profesional debe trascender el gimnasio o centro de entrenamiento, debe llegar a influir, respetando siempre la libertad individual y dentro de nuestras posibilidades, en el estilo de vida de nuestras usuarias y con ello abandonen el sedentarismo en pro de una vida más sana y activa.
Seguiremos estando atentos a lo que la ciencia vaya vislumbrando para transmitíroslo, como siempre, con el mayor rigor y humildad posibles.
BIBLIOGRAFÍA
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Francisco José Rodríguez López
Graduado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte
Investigación en la Mujer, Ciencias del Entrenamiento y la Salud (IMUCES)



