Con la temporada en marcha y una mayor utilización de las instalaciones, los gimnasios deben revisar cómo gestionan sus riesgos. Cumplir la normativa es obligatorio, pero no siempre basta para responder a las circunstancias de cada centro. José Luis Gómez Calvo, experto en seguridad de instalaciones y actividades deportivas, explica por qué identificar, evaluar y tratar los riesgos debe formar parte de la gestión cotidiana para proteger a las personas, garantizar la continuidad del servicio y utilizar mejor los recursos disponibles.
Septiembre: un nuevo ciclo: Septiembre tiene algo de comienzo de año para el sector del fitness. Después del verano regresan muchos usuarios, llegan nuevas altas, se recuperan rutinas de entrenamiento y las salas, vestuarios y demás espacios vuelven progresivamente a una utilización más intensa.
Quienes llevamos muchos años relacionados con la seguridad de instalaciones y actividades deportivas sabemos que cada nuevo ciclo trae consigo situaciones conocidas. Cambiarán las temperaturas, llegará el frío, utilizaremos durante más tiempo espacios cerrados, necesitaremos calefacción, ventilación y una adecuada calidad del aire. Máquinas y equipamientos acumularán horas de funcionamiento, habrá que mantener instalaciones y sistemas, proteger datos personales y garantizar los derechos y la seguridad de quienes utilizan nuestros servicios.
Nada especialmente nuevo.
Precisamente por eso, buena parte de lo que puede ocurrir es previsible.
Y quizá septiembre sea un buen momento para hacernos una pregunta diferente: además de preparar comercialmente una nueva temporada, ¿hemos preparado también nuestra instalación para gestionar sus riesgos?
La primera respuesta suele encontrarse en el cumplimiento de la normativa. Comprobamos instalaciones, mantenimientos, revisiones, equipamientos, emergencias, accesibilidad, protección de datos y todas aquellas obligaciones que resultan aplicables.
Naturalmente, hay que hacerlo. Pero la cuestión no termina necesariamente ahí.
Las normas establecen medidas concretas para muchos riesgos. Nos dicen qué debemos hacer, qué condiciones debemos cumplir o qué controles debemos mantener. Sin embargo, no todos los riesgos disponen de una medida reglamentaria específica y, en otros casos, la norma establece una obligación general de seguridad sin concretar completamente cómo conseguirla.
Incluso puede ocurrir que una medida reglamentaria, siendo adecuada y estando correctamente aplicada, no resulte suficiente ante determinadas circunstancias particulares.
Cumplir la normativa es obligatorio. Comprobar si ese cumplimiento resulta suficiente ante nuestros riesgos es gestionar la seguridad.
Ahí aparece la Gestión del Riesgo.
Su planteamiento esencial es bastante sencillo: identificar qué puede ocurrir, analizar a quién o a qué puede afectar y con qué consecuencias, valorar el riesgo y decidir qué debemos hacer para evitarlo o reducirlo.
En definitiva: evaluar y tratar.
La evaluación sirve para identificar los riesgos posibles, no sólo los probables, y para
analizar y valorar su magnitud. Todo ello para poder dar lugar a su tratamiento.
Sin una adecuada evaluación previa, no es posible un tratamiento eficaz y eficiente.
El tratamiento comienza necesariamente por las medidas reglamentarias aplicables, pero puede no terminar en ellas. Si la evaluación pone de manifiesto riesgos para los que no existen medidas concretas o situaciones en las que las existentes pueden resultar insuficientes, habrá que determinar qué medidas complementarias son razonablemente necesarias.
Y aquí entra en juego un concepto cada vez más importante para quienes tienen responsabilidades sobre instalaciones y actividades: la diligencia debida.
Diligencia debida no significa adoptar todas las medidas imaginables ni pretender eliminar cualquier posibilidad de daño. El «riesgo cero» no existe. Significa hacer aquello que razonablemente corresponde hacer ante los riesgos que podemos prever.
Un equipo que comienza a mostrar anomalías, un pavimento deteriorado, una zona en la que se producen reiteradamente caídas, una deficiente renovación del aire o un sistema digital del que depende buena parte del funcionamiento del gimnasio proporcionan información. Esperar a que produzcan un daño para actuar difícilmente puede considerarse una buena forma de gestionar.
Por eso puede resultar útil incorporar a la gestión ordinaria del centro un Plan de Gestión del Riesgo.
No se trata de crear otro documento para guardar en una carpeta. Su utilidad está precisamente en ayudarnos a decidir: qué riesgos tenemos, qué medidas debemos aplicar, si las que tenemos son suficientes y qué debemos hacer cuando no lo sean.
Y también cuándo necesitamos ayuda especializada.
Hay riesgos cuyo tratamiento viene suficientemente determinado por medidas reglamentarias concretas y que pueden gestionarse mediante procedimientos ordinarios de comprobación, mantenimiento y seguimiento. Pero podemos encontrar otros, como hemos dicho anteriormente, sin una respuesta reglamentaria concreta, o ante los que resulte necesario determinar medidas adicionales mediante conocimientos especializados.
Saber gestionar también significa saber cuándo debemos recurrir a quien dispone de esos conocimientos.
Pero hay otra razón para gestionar los riesgos que en una empresa resulta difícil ignorar: la económica.
Prevenir cuesta dinero. Mantener instalaciones, sustituir equipamientos, formar al personal, revisar procedimientos o incorporar determinadas medidas de seguridad supone dedicar recursos.
No hacerlo también cuesta dinero. A veces… mucho mas dinero.
Un accidente, una avería importante, una interrupción del servicio, una reclamación, una sanción, una pérdida de datos o un daño reputacional pueden tener costes muy superiores a los de una actuación preventiva realizada a tiempo.
Sin embargo, gestionar el riesgo tampoco significa gastar indiscriminadamente más. Precisamente la evaluación permite establecer prioridades y dirigir los recursos hacia aquello que realmente los necesita.
Evaluar antes de actuar permite proteger mejor y gastar mejor.
Tan ineficiente puede ser no adoptar una medida necesaria como invertir recursos en actuaciones que apenas reducen el riesgo mientras permanecen desatendidas otras mucho más importantes.
Seguridad, eficacia y eficiencia no deberían contemplarse como objetivos separados. Una gestión adecuada del riesgo ayuda a proteger a las personas y los bienes, favorece
la continuidad del servicio y permite utilizar mejor los recursos disponibles.
Comienza septiembre. Volveremos a hablar de captación, fidelización, nuevas actividades, tecnología, equipamiento y experiencias para nuestros clientes. Todo ello forma parte de la gestión de un gimnasio.
Quizá sea también un buen momento para incorporar definitivamente esta pregunta:
¿La gestión de tu gimnasio incluye un Plan de Gestión del Riesgo?
José Luis Gómez Calvo
Experto en seguridad y en análisis y gestión de riesgos.



