El ejercicio físico como herramienta para reducir el dolor menstrual
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El ejercicio físico como herramienta para reducir el dolor menstrual

La dismenorrea primaria es, con diferencia, el trastorno menstrual más frecuente entre mujeres en edad reproductiva, en torno al 71% de las mujeres en edad fértil, siendo la edad menor de 25 años y residir en países menos desarrollados factores asociados a mayor prevalencia (de Arruda et al., 2026).  

La dismenorrea primaria se define como dolor uterino cíclico sin patología pélvica identificable, con inicio habitual dentro de los tres años posteriores a la menarquia, y espasmos cólicos suprapúbicos que aparecen entre 8 y 72 horas tras el comienzo de la menstruación (Ferries-Rowe et al., 2020). Se asocia a fatiga y otros síntomas sistémicos (de Arruda et al., 2026), alteraciones del sueño y malestar psicológico (Adib-Rad et al., 2022). Constituye además una de las principales causas de absentismo escolar y laboral entre mujeres jóvenes (Donayeva et al., 2023; Serya et al., 2025). 

El abordaje terapéutico convencional se apoya en antiinflamatorios no esteroideos (AINEs), recomendados como primera línea en las guías de consenso (Guimarães & Póvoa, 2020). Sin embargo, estos fármacos pueden producir molestias gastrointestinales, alteraciones renales y otros efectos adversos asociados a fármacos sintéticos (Teimoori et al., 2016). También se prescribe clínicamente el uso de anticonceptivos orales combinados, los cuales pueden aumentar el riesgo de sangrados irregulares, ganancia de peso y episodios tromboembólicos venosos (Morimont et al., 2021).  

Estos efectos secundarios han impulsado, en las últimas tres décadas, la búsqueda de alternativas terapéuticas como el ejercicio físico (Nasri et al., 2016). 

Desde el punto de vista fisiológico, el principal factor implicado en la dismenorrea es el aumento de prostaglandinas (especialmente la PGF2α) en el fluido menstrual, que estimulan contracciones miometriales y reducen el flujo sanguíneo uterino, provocando la hipoxia uterina responsable del dolor (Dawood, 2006).  

Se han propuesto varios mecanismos por los que el ejercicio contrarrestaría este proceso: estimularía la liberación de endorfinas, cannabinoides endógenos y macrófagos antiinflamatorios que elevan el umbral del dolor (Jaleel et al., 2022), y mejoraría la circulación sanguínea uterina, ayudando a eliminar el exceso de prostaglandinas (Dmitrović, 2000). En el caso concreto del ejercicio aeróbico de mayor intensidad, se ha documentado un mecanismo hormonal adicional: el aumento de progesterona suprimiría la síntesis de prostaglandinas por una relación de regulación inversa (Huang et al., 2022). 

Por todo ello, el objetivo de este artículo es ofrecer una lectura crítica y aplicada de la evidencia más reciente, para poder trasladar recomendaciones de ejercicio útiles y bien fundamentadas a la práctica diaria. 

Para ello hemos analizado siete revisiones publicadas recientemente sobre el tema en cuestión (Armour et al., 2019; Arroyo-Fernández et al., 2026; Cai et al., 2025; Li et al., 2024; Tsai et al., 2024; Xiang et al., 2025; Zheng et al., 2024). En conjunto, estos trabajos confirman de forma consistente que el ejercicio reduce la intensidad y, en muchos casos, también la duración del dolor menstrual, con tamaños de efecto que superan el umbral de relevancia clínica.  

Concretamente, Armour et al. concluye que el ejercicio (de cualquier tipo, realizado al menos 45-60 minutos, 3 o más veces por semana) reduce el dolor en aproximadamente 25 mm en escala VAS frente a no-tratamiento (Armour et al., 2019). En su caso, Zheng et al. encuentra reducciones de hasta 5,2 puntos con entrenamiento de fuerza (Zheng et al., 2024), y Cai et al. reportan una reducción media de 1,73 en SMD solo con ejercicio aeróbico (Cai et al., 2025). 

También hay coincidencia en que los beneficios no se limitan al dolor puntual, sino también a mejoras significativas en severidad global de síntomas, duración del dolor, calidad de vida y calidad del sueño (Arroyo-Fernández et al., 2026). Por lo que la práctica de ejercicio se propone como la opción óptima para el manejo de la dismenorrea primaria, incluso en comparación con terapias no farmacológicas (acupuntura, calor tópico, aromaterapia, TENS…) (Li et al., 2024). 

Existe cierta discrepancia en cuanto al tipo de ejercicio más efectivo para intervenir en esta necesidad, ya que se ha encontrado buenos resultados en la práctica de entrenamiento de fuerza (Xiang et al., 2025; Zheng et al., 2024), en ejercicios de relajación (Tsai et al., 2024) y, aunque basado en pocos estudios,  en el pilates (Cai et al., 2025), entre otros. 

Arroyo-Fernández et al. nos aporta unas conclusiones muy útiles, pues indica que el tipo de ejercicio a usar dependerá del objetivo. Así mismo indica que intervenciones mente-cuerpo y de estiramiento mostraron mayores beneficios sobre la severidad global de síntomas, mientras que el entrenamiento aeróbico y de fuerza fueron superiores para la intensidad del dolor específicamente (Arroyo-Fernández et al., 2026). 

Respecto a lo comentado, debemos destacar que el nivel de certeza de la evidencia en cuanto a las comparaciones dadas para buscar la modalidad de ejercicio más efectiva es moderado o bajo debido a la heterogeneidad de los estudios. Esto no invalida el mensaje central —el ejercicio ayuda—, pero sí debería moderar la firmeza con la que prescribimos un tipo concreto de ejercicio como «el mejor», dado que la propia investigación aún no se pone de acuerdo en ese punto. 

En cuanto al volumen de entrenamiento, los beneficios ya son perceptibles a partir de las 4 semanas, pero los programas que superan las 8 semanas parecen aportar mayores beneficios (Xiang et al., 2025; Zheng et al., 2024). Xiang et al. (2025) proponen, además, unos parámetros concretos: sesiones de más de 30 minutos, frecuencia superior a 3 veces por semana, hasta acumular un mínimo de 90 minutos semanales. Los mayores beneficios se observan a partir del segundo ciclo menstrual tras iniciar el programa, lo que confirma que la constancia es uno de los factores más determinantes de la intervención (Arroyo-Fernández et al., 2026; Cai et al., 2025; Xiang et al., 2025; Zheng et al., 2024). 

En la Tabla 1 podemos ver un consenso práctico basado en los datos coincidentes entre las 7 revisiones analizadas. 

Por lo tanto, podemos decir que cualquier programa de ejercicio regular, sostenido al menos 4 semanas y adaptado a la tolerancia de la clienta, reduce el dolor menstrual. La elección de modalidad concreta (fuerza, aeróbico, mente-cuerpo o relajación) importa menos que la constancia en el entrenamiento, y este siempre puede ajustarse según si se prioriza el dolor puntual, la severidad global de síntomas o la adherencia. 

Desde nuestra posición, seguiremos estando atentos a la ciencia, intentando estar a la vanguardia de los beneficios que aporta el ejercicio físico en las diferentes etapas vitales y situaciones específicas de la mujer, favoreciendo de esta manera una adecuada intervención desde nuestro ámbito laboral para una mejora en la salud y calidad de vida de nuestras entrenadas. 

BIBLIOGRAFÍA 

Francisco José Rodríguez López
Graduado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte 

El ejercicio físico como herramienta para reducir el dolor menstrual
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