La participación de las mujeres en el deporte ha incrementado en los últimos años en todo el mundo, tanto en el ámbito recreativo como profesional. El crecimiento y desarrollo de la mujer en el deporte ha resultado en un aumento en el número de casos de lesiones reportados entre las deportistas.

Como uno de las lesiones musculoesqueléticas más prominentes en las mujeres nos encontramos con el desgarro del ligamento cruzado anterior (LCA), el cual se da incluso en una mayor tasa de casos que en los hombre (de tres a seis veces más prevalente en mujeres).

Considerando los efectos de la lesión del LCA en la calidad de vida, en el coste de salud y en la secuelas que pueden quedar a largo plazo, es importante identificar las diferentes causas que aumentan el riesgo de dicha lesión entre las mujeres.

La lesión del LCA ocurre principalmente en casos donde no se da contacto, ocurriendo en gran mayoría durante actividades multidireccionales de alta velocidad (ejemplos: esquiar, snowboard, fútbol, rugby, gimnasia, etc.).

La nombrada diferencia en la prevalencia de dicha lesión entre sexos se ha asociado a diferentes factores, los cuales son: anatómicos (laxitud, composición corporal, etc.), biomecánicos, patrones de reclutamiento neuromuscular, fisiológicos (especialmente hormonal) y factores de género presentes en el entorno de desarrollo.

En este artículo nos vamos a centrar en el posible impacto potencial de las hormonas en los mecanismos de lesión del LCA, pues dicha influencia hormonal dependerá directamente del ciclo menstrual, el cual es un proceso fisiológico que caracteriza determinantemente al sexo femenino y es de gran importancia conocer su influencia.

El perfil hormonal varía entre las mujeres y no son estables a lo largo de la vida (fases del ciclo menstrual, uso de anticonceptivos, embarazos, menopausia). Centrándonos en el ciclo menstrual, éste ocurre por las fluctuaciones en los niveles de hormonas sexuales dando las diferentes fases del ciclo (fase folicular, ovulación, fase lútea), entre las cuales existe una marcada diferencia en la concentración hormonal.

Las hormonas ováricas influyen en la estructura de los tejidos blandos (músculos, tendones y ligamentos) al afectar al metabolismo del colágeno y su integración estructural. Dichas alteraciones, causadas por las fluctuaciones hormonales, pueden aumentar el riesgo de un posible fallo en la función de los ligamentos.

El estrógeno, una de las principales hormonas sexuales femeninas, se ha visto relacionado con las propiedades de los ligamentos. La literatura científica ha revelado que los receptores de 17-βestradiol están presentes en los tejidos conectivos humanosy que estos receptores cambian las propiedades mecánicas de tendones y ligamentos (Shultz et al., 2005). Diferentes estudios han mostrado como el estrógeno tiene un posible efecto inhibidor sobre la síntesis de colágeno, lo que altera el metabolismo del tejido conectivo. La disminución de la síntesis de colágeno causa un aumento en la laxitud de los ligamentos, debido a una reducción en la formación estructural de colágeno y la proliferación de fibroblastos.

Sabiendo que concentraciones altas de estrógeno puede modificar las características estructurales del ligamento y que la concentración de dicha hormona varía a lo largo del ciclo menstrual, vamos a recorrer brevemente lo que nos indican las principales y más recientes revisiones sobre el riesgo de lesión del LCA a lo largo del ciclo menstrual.

Coincidiendo con la máxima concentración de estrógenos, en la fase ovulatoria o folicular tardía (pre-ovulación) es donde parece darse un mayor aumento de la laxitud del LCA. También se ha visto un aumento del desequilibrio postural y desalineación articular en la actividad deportiva durante la ovulación en comparación con las demás fases del ciclo, lo cual parece responder a posibles alteraciones de la activación muscular como respuestas a los cambios de concentración sérica de estrógeno. Sabiendo que el mecanismo clásico de lesión del LCA sin contacto implica una combinación de cambio de dirección, rotación interna y valgo en la rodilla, cualquier aumento en la laxitud de los ligamentos y alteración en la activación neuromuscular podría permitir más movimiento tibiofemoral y aumentar el riesgo de lesión del LCA.

Estos datos coinciden con los resultados de la mayoría de las revisiones, donde indican que la mayor tasa de lesión del LCA es en la fase preovulatoria y ovulatoria,  es decir en la primera parte del ciclo menstrual (Imagen 1). El hecho de que en la fase lútea exista un menor número de lesiones, a pesar de que en ciertos momentos posea una mayor concentración de estrógenos que en la fase folicular, podría explicarse por el hecho de que durante toda esta fase la concentración de progesterona se encuentra por encima de la de estrógenos y sabemos que la progesterona aumenta la proliferación de fibroblastos y la síntesis de colágeno, lo que puede explicar la disminución de la laxitud durante esta fase y un posible efecto protector contra un desgarro del LCA (Somerson et al., 2019).

Gráfica artículo

Imagen 1. Momento de mayor riesgo de lesión durante el ciclo menstrual.

Aunque parece que los datos confluyen y existe claros resultados, debemos ser conscientes de que los datos disponibles aún son insuficientes e inconsistentes, pues muchos de los estudios realizados al respecto son de baja calidad y los datos son escasos, y en algunos trabajos, poco concluyentes.

Aún así, como profesionales del ejercicio físico, debemos atender a los actuales datos científicos y la tendencia de los mismos, lo que nos lleva a prestar especial atención a la primera parte del ciclo menstrual y ser precavidos en los entrenamientos planteados ante la posibilidad de riesgo de lesión en dicha fase, particularmente del LCA.

Francisco José Rodríguez López

Director en Investigación en la Mujer, Ciencias del Entrenamiento y la Salud (IMUCES)

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