La fertilidad de la mujer es una realidad que ha ido cambiando a lo largo de los últimos años y cada vez preocupa más en nuestro país. Actualmente, dicha realidad es considerada uno de los principales problemas de salud reproductiva en los países desarrollados, junto al incremento progresivo y voluntario de la edad de reproducción (Bracamonte et al., 2021).
Se estima que casi un 15% de hombres y mujeres tienen problemas de fertilidad. (Instito Nacional de Estadística, 2019). Según la Sociedad Española de Fertilidad, una de cada seis parejas en edad reproductiva tiene problemas a la hora de concebir.
En los últimos años, ha habido un aumento en la demanda de asistencia reproductiva. Más concretamente, los últimos datos ofrecidos por el INE en el año 2018, en España un 5,4% de mujeres entre 18 y 55 años se habían sometido a técnicas de reproducción asistida (Peña et al., 2020).
Descubrir la imposibilidad de tener hijos es un duro proceso que se inicia con la búsqueda del embarazo y concluye con el diagnóstico de infertilidad, lo cual implica la vivencia de un duelo por parte de la mujer (Bracamonte et al., 2021).
Diferentes estudios muestran que el diagnóstico de infertilidad, a parte del problema reproductivo en sí, puede producir una crisis psicológica en la mujer que puede afectar a distintas áreas de la vida (relación de parejas, relaciones sociales y familiares) (Urdapilleta & Fernández, 2000). También parece afectar la autoestima de la mujer, pudiendo desarrollar hostilidad hacia su cuerpo, percibiéndose como incapaz de otorgar un hijo a sus parejas (Urdapilleta & Fernández, 2000).
Sabiendo esta problemática, a través de este artículo queremos vislumbrar si, como profesionales del ejercicio físico y estando relacionados directamente con la salud de las personas, podemos ayudar en dicha situación a través del ejercicio físico.
Uno de los motivos por los que las mujeres pueden tener problemas de fertilidad es el síndrome de ovarios poliquísticos. Sin embargo, nos vamos a centrar en situaciones que tienen que ver con el estilo de vida, pues ya nos centramos en dicho síndrome en un artículo pasado (octubre 2022).
La principal causa, sin patología asociada y relacionada con el estilo de vida, de los problemas para concebir de las parejas es el aumento de la edad en la que las mujeres deciden concebir. En muchos países de Europa, la edad media para tener el primer embarazo está entre los 30-34 años (Vander Borght & Wyns, 2018). El problema a raíz de este aumento en la edad de concebir, es, que a mayor edad la capacidad reproductiva de ambos sexos se va deteriorando, principalmente la de las mujeres que nacen con una cantidad limitada de óvulos. Además, con el paso de los años la calidad de los ovocitos se va reduciendo, así como la cantidad de folículos y va aumentando la probabilidad de tener algún trastorno ovulatorio (Hart, 2016).
En cuanto a este hecho, aunque la evidencia es aún escasa, la tendencia parece mostrar que la práctica de ejercicio físico parece regular el ciclo hormonal y mejora los indicadores de fertilidad, como las tasas de embarazo y los nacimientos vivos (Mena et al., 2019).
Es más, hay trabajo que indican no haber diferencias significativas con los tratamientos de fertilidad (por ejemplo, tratamiento con clomifeno, con gonadotropinas (GnRH) y/o la fecundación invitro) en cuanto a los resultados de embarazos clínicos, nacimientos vivos y mejoría de la irregularidad menstrual se refiere. Esto puede indicar que los médicos podrían intentar intervenciones de ejercicio físico como una intervención de primera línea para mujeres que experimentan problemas de fertilidad, pues tiene el potencial de restaurar el ciclo de GnRH, restaurando el eje hipotálamo-hipofisario-gonadal mediante dicha práctica, lo que lleva a la mejora de la ovulación espontánea (Mena et al., 2019).
Otro de los aspectos al que lleva el estilo de vida y que parece estar más que aceptado que puede afectar a la fertilidad en la mujer es el sobrepeso y la obesidad, pues lleva a una menor probabilidades de ovular y concebir espontáneamente, incluso después de recibir tratamiento de infertilidad (Hernáez et al., 2021; Vander Borght & Wyns, 2018). Además, la obesidad también parece disminuir la ratio de embarazos clínicos y bebés nacidos después del uso de inductores de la ovulación y técnicas de reproducción asistida (Rittenberg et al., 2011).
El ejercicio físico ha mostrado ser útil y eficaz para mejorar la fertilidad en mujeres con sobrepeso y obesidad, independientemente de la técnica, intensidad y duración del entrenamiento (Hoek et al., 2022; Maher et al., 2024).
Algunos trabajos han indicado cómo las intervenciones basadas en el ejercicio físico mejoran la ovulación, incluso su restauración cuando ésta es irregular, convirtiéndose en la estrategia no farmacológica que tiene un efecto más duradero sobre la sensibilidad a la insulina y la reducción de la grasa visceral y los triglicéridos como posibles mecanismos que influye en la mejora de la fertilidad (Brinson et al., 2023; Hakimi & Cameron, 2017; Mena et al., 2019).
La práctica de ejercicio físico también ha mostrado mejoras en el índice de andrógenos libres y un aumento en la concentración de globulina transportadora de hormonas sexuales, así como parece disminuir las concentraciones circulantes totales de estradiol, testosterona libre, androstenediona, sulfato de dehidroepiandrosterona y marcadores de adiposidad, todo ello relacionado con la mejora de la ovulación y su ciclo (Hakimi & Cameron, 2017; Ruiz-González et al., 2024).
Además, el ejercicio físico parece aportar dichos beneficios incluso si no se dan cambios en la composición corporal de la mujer (Mena et al., 2019).
También cabe destacar que el ejercicio físico, comparado con intervenciones nutricionales, genera una mayor permanencia de las mujeres en el programa, aspecto importante a tener en cuenta, ya que la asistencia es importante en las intervenciones de cambios de estilo de vida (Hakimi & Cameron, 2017).
A pesar de todos estos datos prometedores, aún nos queda mucho por saber pues aún son pocos los estudios realizados al respecto y no se ha especificado qué dosificación del entrenamiento es el más adecuado y qué mejores resultados pueda ofrecer. Los ejercicios cíclicos de intensidad moderada han sido los más usados (andar, bicicleta, etc.), aunque también se han realizado estudios en los que se ha llevado a cabo entrenamientos en circuito (Maher et al., 2024). También comienzan a realizarse trabajos donde se utiliza el HIIT como estrategia de intervención en los que se empieza a observar datos prometedores (Kiel et al., 2018).
Una vez más volvemos a comprobar como el ejercicio físico tiene un potencial a tener en cuenta por los profesionales que se dedican a ayudar a mejorar la salud de las mujeres. En este caso, aún necesitando más estudios que corroboren y afiancen los resultados actuales, el ejercicio físico se propone como una herramienta de primera línea de actuación para ayudar a las mujeres que presentan problemas de fertilidad.
Como profesionales del ejercicio y atendiendo a todas las virtudes que tiene la práctica de ejercicio físico, solo podemos responsablemente seguir formándonos y estar atentos a la ciencia para seguir estando a la vanguardia y poder ayudar a las mujeres de la mejor manera posible.
Graduado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte
BIBLIOGRAFÍA
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Francisco José Rodríguez López
Director en Investigación en la Mujer, Ciencias del Entrenamiento y la Salud
(IMUCES)



